Aseguramos la puerta principal con doble llave, ponemos alarmas y rejas en las ventanas. Nos acostamos tranquilos pensando que el hogar es el lugar más seguro del mundo para nuestros hijos. Y sin embargo, es muy probable que hayamos dejado una puerta gigantesca abierta de par en par para que entren personas peligrosas, sin siquiera darnos cuenta.
El enemigo hoy entra a casa a través de las pantallas.
Pensemos en Corina, una adolescente común. En su habitación tiene acceso a un celular, una tableta y la computadora de la escuela. Navega, juega en línea y, eventualmente, abre redes sociales. Al principio acepta a conocidos de la escuela, luego a amigos de sus amigos y, finalmente, a perfiles sin rostro claro. ¿Amigos?
Con el tiempo, uno de esos perfiles comenzó a atacarla. Primero fueron críticas sutiles en sus fotos, luego ofensas directas, burlas y humillaciones públicas. Corina no sabía quién estaba detrás de la pantalla, pero el agresor sabía demasiado de ella: sus horarios, sus amistades, sus fotos privadas. El daño psicológico se volvió insoportable. Por pena y miedo al juicio, se aisló de sus padres. En la total oscuridad de su recámara, pensó en lo impensable: lastimarse a sí misma para detener la pesadilla.
Dejar a un menor con una pantalla sin supervisión es, lamentablemente, el equivalente a abrirle la ventana de su propio cuarto a un extraño para que se siente en su cama a susurrarle amenazas.
Esta realidad crece a pasos agigantados y Jalisco está en el ojo del huracán. Según el Módulo de Ciberacoso (MOCIBA) del INEGI, nuestro estado ocupa el preocupante segundo lugar nacional en ciberacoso: el 24.4% de las personas mayores de 12 años lo han sufrido.
Bajo el cobijo del anonimato, los agresores pierden la empatía; olvidan que detrás del usuario hay un ser humano. En el entorno digital, la violencia se normaliza, pero el impacto psicológico es devastadoramente real y permanente. Un ataque en la calle termina; un "dato venenoso" en internet se queda flotando en la red para siempre, provocando un estado de terror constante en la víctima.
Esto ya no es solo un problema de civismo digital o de falta de valores en internet. En nuestro estado, esto es un delito. El artículo 176-Bis 2 del Código Penal de Jalisco es tajante: comete ciberacoso quien hostigue o incomode a otra persona causando un daño a su integridad psicológica o dignidad. Y la ley no se anda con rodeos: si la víctima es un menor de edad, las penas alcanzan de uno a cuatro años de prisión, y el delito se persigue de oficio.
¿Y a nosotros como sociedad qué nos toca? Dejar de ser espectadores pasivos. El internet no se va a limpiar solo. Nos corresponde romper el silencio, denunciar los perfiles agresores, educar con el ejemplo y, sobre todo, mantenernos ridículamente cerca de nuestros hijos mientras navegan. No vigiles por desconfianza hacia ellos; vigila para asegurarte de que la puerta de tu casa siga realmente cerrada para los lobos digitales.

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